Después de casi una década del más grave accidente marítimo argentino de los últimos tiempos, la maquinaria judicial cierra filas contra quienes ocupaban posiciones clave en la estructura de comando naval. Durante una jornada maratoniana que se extendió desde la madrugada hasta el anochecer en la ciudad patagónica, los representantes del Ministerio Público Fiscal esbozaron sus conclusiones finales en el debate oral que se lleva a cabo en Río Gallegos. El resultado: cuatro oficiales superiores en retiro o destituidos enfrentan ahora solicitudes de encarcelamiento que van desde treinta y seis meses hasta sesenta meses, además de la prohibición perpetua de desempeñarse en cualquier función pública. Lo que importa aquí trasciende la esfera penal individual: se trata del primer intento sistemático de responsabilizar criminalmente a la cadena de decisión que, según la acusación, priorizó misiones operativas sobre seguridad marítima.

La tragedia que marcó el calendario nacional tiene fecha exacta: 15 de noviembre de 2017. Ese día, a las 10.51 de la mañana, el ARA San Juan perdió su capacidad de flotabilidad a miles de metros bajo el océano Atlántico. Lo que sucedió después fue inevitable: los cascos de un submarino, cuando ceden a la presión extrema del agua, no se rompen de manera gradual sino que se desmoronan instantáneamente. Cuarenta y cuatro marinos argentinos perecieron en lo que se conoce como implosión, un fenómeno donde la estructura colapsa sobre sí misma en fracciones de segundo. Pero según la perspectiva que ahora desarrollan los fiscales, ese colapso no fue un acto de la naturaleza ni una fatalidad impredecible. Fue, en cambio, la consecuencia de decisiones humanas tomadas en despachos y salas de comando, donde hombres con responsabilidades específicas optaron por ignorar advertencias técnicas, reportes de mantenimiento incumplido y señales de alarma que se acumulaban desde años atrás.

El deterioro silencioso de una máquina de guerra

Para entender la acusación que presentaron Julio Zárate, Gastón Franco Pruzán y Lucas Colla es necesario retroceder en el tiempo más allá del fatídico 2017. El ARA San Juan ingresó en 2007 a lo que se denomina "reparación de media vida", un procedimiento de mantenimiento profundo realizado en el contexto del Proyecto Submarino. Durante ocho años, la nave estuvo siendo reparada y modernizada. Cuando salió del dique seco en 2015, debería haber iniciado una nueva etapa con todos sus sistemas revitalizados. Sin embargo, a partir de ese momento, comenzó a acumular deficiencias técnicas documentadas sistemáticamente por cada uno de los comandantes que la tripulaban. Los reportes se guardaban en archivos. Los pedidos de mantenimiento se cursaban formalmente. Las anomalías se anotaban en registros oficiales. Nadie negaba que algo andaba mal. El problema era que nadie en la jerarquía superior parecía dispuesto a detener las operaciones para hacer algo al respecto.

Cuando el 25 de octubre de 2017 la nave abandonó la Base Naval de Mar del Plata con destino a Ushuaia, ya había superado largamente los intervalos de mantenimiento planificado que establece el fabricante del submarino. Esto no era un detalle menor ni una irregularidad administrativa menor: esos intervalos existen porque los sistemas de un submarino operan bajo condiciones de estrés extremo. A profundidades operacionales, la presión del agua alcanza cifras que rondan las decenas de toneladas por centímetro cuadrado. Cualquier falla en sistemas críticos—ventilación, estanqueidad, propulsión—puede convertirse rápidamente en catastrófica. Los fiscales sostienen que los cuatro imputados tenían conocimiento pleno de esta realidad. No eran marinos novatos. Ocupaban los escalafones más altos de la institución castrense. Sus funciones específicas incluían exactamente esto: garantizar que los medios navales operaran dentro de parámetros seguros. Según la acusación, no lo hicieron. Y esa omisión fue lo que María Garmendia, fiscal de la Procuraduría de Investigaciones Administrativas, enfatizó durante su intervención al analizar la responsabilidad de Claudio Javier Villamide, quien dirigía el Comando de la Fuerza de Submarinos.

Cada función, cada omisión, cada vida perdida

La arquitectura de la acusación distribuye responsabilidades de manera muy precisa, asignando a cada uno de los imputados un rol específico en la cadena de decisiones que permitió lo impensable. El contralmirante Luis Enrique López Mazzeo, a quien se le piden cinco años de cárcel, dirigía el Comando de Adiestramiento y Alistamiento de la Armada. En lenguaje institucional, esto significaba que era el responsable de supervisar que cada unidad naval cumpliera con todas las normas de operación y seguridad antes de zarpar. Los documentos judiciales muestran que López Mazzeo conocía de primera mano las deficiencias del ARA San Juan. Incluso después de una navegación de prueba realizada en julio, donde el submarino registró anomalías que fueron reportadas por escrito, el oficial superior no intervino para suspender las operaciones. Durante el alegato, el fiscal Lucas Colla construyó la acusación alrededor de lo que denominó como "infracción del deber de cuidado": López Mazzeo, al conocer los problemas técnicos registrados durante esa navegación de julio, tenía la obligación legal de priorizar la seguridad. En cambio, según la fiscalía, priorizó objetivos operativos que iban más allá de su responsabilidad como supervisor de alistamiento.

Claudio Javier Villamide, titular del Comando de la Fuerza de Submarinos, enfrenta también una solicitud de cinco años. Su responsabilidad gira alrededor de haber permitido que el submarino participara en su misión final a pesar de que conocía el vencimiento de los ciclos de mantenimiento correctivo, el pedido formal del comandante de la nave de ingresar a dique seco en marzo de ese año, y las grave anomalías registradas en julio. En cuanto a Héctor Aníbal Alonso, jefe del Estado Mayor del Comando de Submarinos, la acusación señala que suscribió la Orden de Operaciones bajo el número COFS 04/17 sabiendo plenamente cuáles eran las dificultades que el ARA San Juan enfrentaría: la distancia a navegar, los objetivos de la misión y las condiciones climáticas del Atlántico Sur en noviembre. Los fiscales estiman cuatro años de cárcel para él. Finalmente, Hugo Miguel Correa, jefe de Comunicaciones y de la Central de Comunicaciones de Submarinos, es acusado de no haber asegurado un servicio de comunicaciones rápido y seguro durante la navegación, además de haber participado activamente en la confección de la orden de operaciones. Para él, la solicitud es de tres años y medio.

Un aspecto que los fiscales subrayaron con particular énfasis fue lo que ocurrió en las horas previas al colapso. Entre las 22.35 y las 23.42 del 14 de noviembre, agua de mar ingresó a través del sistema de ventilación hacia el tanque de baterías número 3. Esto generó un cortocircuito y un principio de incendio. El ARA San Juan logró escapar de esa situación inicial, pero los daños causados por ese evento redujeron significativamente su margen operacional de seguridad. Al día siguiente, cuando el submarino intentó retomar su patrulla, perdió la capacidad de mantener su plano de profundidad. Descendió más allá de su límite de colapso. Y desapareció. La acusación fiscal plantea que todo esto hubiera podido evitarse si los cuatro imputados hubiesen priorizado la seguridad por encima de las ambiciones operativas.

El debate sobre responsabilidades y ausencias

Durante el desarrollo del juicio, que comenzó el 3 de marzo de 2026, las defensas de los oficiales intentaron en reiteradas ocasiones dirigir la responsabilidad hacia Pedro Martín Fernández, el comandante del ARA San Juan, quien murió en el hundimiento junto a toda su tripulación. La fiscal Garmendia se mostró particularmente crítica frente a esa estrategia. En su intervención, señaló que el informe que dejó Fernández reconociendo una maniobra que realizó en la válvula E-19 durante la navegación de julio "no puede ser usado como un ausente útil para desligarse de responsabilidad". Su argumento es que Fernández fue, en todo caso, una voz que se atrevió a documentar públicamente qué estaba sucediendo en el submarino, mientras que los oficiales superiores en tierra tenían el poder de detener las operaciones y no lo hicieron. El fiscal Pruzán, en sus palabras finales, fraseó la cuestión de una manera que trasciende lo puramente legal: "Nos encontramos aquí frente a un punto de inflexión que nos interpela a todos, pero no solo a la Armada Argentina, sino a todo el Estado nacional". Esto último es relevante porque sugiere que la acusación ve en este caso una oportunidad para establecer principios más amplios sobre responsabilidad institucional y cadenas de mando.

La solicitud de inhabilitación perpetua para los cuatro imputados constituye un elemento particularmente significativo de la acusación fiscal. No se trata solamente de años de cárcel, sino de la prohibición permanente de desempeñar cualquier función pública. Esto es lo que los códigos penales denominan como "accesorios legales" de la condena, pero tiene implicancias profundas: significa que, si los magistrados aceptan la solicitud fiscal, estos hombres nunca podrían volver a ocupar un cargo en la administración del Estado. En el contexto de la institución armada, donde la carrera y la jerarquía son elementos centrales de la identidad profesional, esta prohibición constituye una sanción adicional que va más allá del tiempo de encarcelamiento. La acusación también solicita que los condenados paguen las costas del proceso, es decir, los gastos judiciales generados por el litigio.

El tribunal, presidido por Mario Reynaldi, ahora debe evaluar cada uno de estos argumentos, revisar la prueba presentada durante los meses de audiencias, y tomar una decisión que será analizada durante años en los ámbitos académicos, militares y jurídicos argentinos. Lo que está en juego no es solamente la libertad de cuatro hombres. Es también la pregunta fundamental sobre cómo funciona la responsabilidad en organizaciones jerárquicas donde la información sobre riesgos fluye desde abajo hacia arriba, pero las decisiones sobre operaciones se toman desde arriba hacia abajo. Si el tribunal condena a los imputados en los términos solicitados por la fiscalía, sentará un precedente importante: que en las instituciones públicas, conocer sobre un riesgo y no actuar frente a él puede constituir un delito penal, no simplemente una falta disciplinaria. Si, en cambio, absuelve o condenan con penas menores, estaría sugiriendo que las responsabilidades en estos contextos son más difusas, que el comandante de la nave lleva una parte más significativa de la carga, o que los factores técnicos impredecibles tienen más peso que las omisiones administrativas. En cualquier caso, la sentencia que dicte este tribunal será recordada como un hito en la manera en que Argentina procesa sus tragedias institucionales y define quién es responsable cuando sistemas complejos fallan y vidas se pierden.