La desaparición de un testigo clave horas antes de una sentencia contra un represor constituye uno de los episodios más inquietantes de la posdictadura argentina. Jorge Julio López se esfumó el 18 de septiembre de 2006, precisamente cuando estaba a punto de presenciar la condena a Miguel Etchecolatz, oficial de la Policía bonaerense durante la última dictadura militar. Dos décadas después, su hijo Rubén López continúa reclamando por verdad y justicia, pero además advierte sobre un peligro menos visible: que la sociedad deje de preguntarse qué ocurrió, permitiendo que su padre desaparezca una tercera vez, esta vez del registro colectivo. El caso plantea interrogantes profundos respecto a cómo funciona el sistema de justicia cuando debe proteger a quienes testifican contra los perpetradores de crímenes de lesa humanidad.
El contexto de un juicio sin precedentes
Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es necesario recordar que los juicios contra represores décadas después de los hechos constituyen un logro excepcional en América Latina. Argentina, a diferencia de otros países de la región, optó durante los años noventa por una política de perdón y olvido que no permitió procesar masivamente a los responsables de la represión. Recién a partir de 2005, cuando se anuló la Ley de Punto Final y los indultos, se reabrieron las causas. El proceso contra Etchecolatz era particularmente relevante porque involucraba testimonios de sobrevivientes que habían padecido torturas y que ahora se atrevían a enfrentar cara a cara a sus torturadores ante un tribunal. En ese contexto, López ocupaba el lugar de testigo fundamental. Su declaración podría cerrar una de las últimas condenas pendientes contra un represor de origen policial.
Rubén López relata que en las primeras horas posteriores a la ausencia de su padre, la familia no interpretó los hechos como una desaparición vinculada al juicio. Creyeron que se trataba de un problema de salud, que quizás algo físico había ocurrido. "No entendíamos qué estaba sucediendo, por eso insistimos tanto tiempo con esa situación, con el tema físico", recuerda. Incluso cuando acudieron a denunciar, se encontraron con la inercia del aparato policial. Los primeros protocolos requerían esperar cuarenta y ocho horas antes de abrir una investigación, norma que se aplicaba mecánicamente. Solo cuando el hermano de Jorge Julio López llegó a la Comisaría 3° de Los Hornos, un oficial le indicó: "esto es otro tema". Recién en ese momento comenzó una búsqueda más seria. Pero esos primeros días, según su hijo, fueron cruciales y se perdieron.
Las advertencias ignoradas y la escalada de amenazas
Nilda Eloy, otra de las sobrevivientes que testificaba en la causa, había anticipado los peligros. Durante las semanas del debate oral, tanto los testigos como sus familias recibían amenazas continuas. Con la desaparición de López, la situación se intensificó: llamadas telefónicas durante la madrugada proporcionaban datos personales de los familiares, y en muchas ocasiones reproducían audios de torturas que, según los afectados, correspondían a sesiones ocurridas durante la dictadura. La brutalidad de estas comunicaciones sugería que venían desde adentro del aparato represor. Eloy, con la clarividencia de quien había sobrevivido al terror, afirmó que la desaparición de López sería estudiada algún día "como el monumento a la impunidad". Falleció sin ver sus predicciones confirmadas, pero sus palabras resonaron proféticamente.
Rubén López cuestiona explícitamente cómo se actuó en las primeras horas. "El problema radica en que la Policía pensó lo mismo que nosotros y en eso se quedó. Tenían que haber abierto el panorama en el marco de un juicio tan importante y no lo hicieron", afirma. Con el transcurrir de las semanas, la familia comenzó a advertir detalles perturbadores que cambiaron su interpretación: las llaves aparecidas en el jardín, intentos de abrir el automóvil. "Cuando aparecieron las llaves en el jardín, el momento en el que le quisieron abrir el auto a mi hermano. Nunca supimos si fueron casualidades o tuvieron que ver con su desaparición, pero estas cosas nos llevaron a pensar que algo más había pasado".
Pistas, esperanzas y la nada
A lo largo de dos décadas, aparecieron innumerables hipótesis sobre el paradero de López. La familia se aferró a varias de ellas con la desesperación característica de quienes no tienen respuestas. Una de las búsquedas que generó mayor expectativa fue la relacionada con las vías del Tren Roca, en la estación de Parque Pereyra, donde supuestamente había sido enterrado según un relato de terceros. "Nos aferramos a esa idea porque queríamos encontrarlo", reconoce Rubén. Sin embargo, ninguna de esas pistas resultó concluyente. Algunas provenían de personas bien intencionadas, otras posiblemente de quienes querían confundir las investigaciones. Lo cierto es que, después de veinte años, ninguna hipótesis cierra completamente.
La diferencia temporal que establece el hijo de López es demoledora. Durante los primeros meses de la desaparición de su padre en 1976, la familia supo que seguía vivo. Hoy, casi seis décadas después de aquel primer secuestro, ni eso pueden afirmar. "Lo raro de todo esto es que luego de casi seis meses de la primera desaparición en dictadura sabíamos que estaba vivo. Hoy, a 20 años, no sabemos qué pasó". Este dato revela la magnitud del vacío: la ausencia de información en un caso que ocurrió en democracia, investigado por instituciones que teóricamente debieron funcionar con transparencia.
Las investigaciones actuales y el muro del silencio
Actualmente, los esfuerzos investigativos se concentran en un análisis masivo de comunicaciones telefónicas. Depuran diez millones de llamadas registradas el 18 de septiembre de 2006 y los días posteriores, buscando eliminar información falsa que enturbia la causa y concentrarse en datos verificables. La Provincia de Buenos Aires incrementó la recompensa por información, que pasó de cinco a diez millones de pesos. Sin embargo, Rubén López sostiene que existe un "manto de silencio" que rodea el caso, comparable al pacto de los represores de la dictadura. "Hay un manto de silencio que no se corrompe ni con toda la plata que les pongas", afirma con amargura.
Una de las líneas que nunca fue completamente investigada involucra nuevamente a Etchecolatz. En algún momento, el represor mostró un papelito que contenía el nombre de López junto a la palabra "secuestrar". Cuando Rubén informó al fiscal Molina sobre este dato, recibió la promesa de convocar a Etchecolatz para ampliar la investigación. "Todavía estamos esperando que lo convoquen", dice con ironía amarga, considerando que el represor murió hace cuatro años en la cárcel. Esa oportunidad se perdió, llevándose con ella información que pudo haber sido crucial.
El duelo imposible y la presencia en la ausencia
Rubén López articula uno de los aspectos más crueles de la desaparición: la imposibilidad de transitar un duelo normal. "Vivís con la misma esperanza de que en algún momento va a aparecer", explica. Su padre cumpliría 97 años este año. Quizás no estaría vivo, pero la familia permanece en la suspensión eterna: ¿está vivo? ¿Murió? ¿Dónde descansa? "Los psicólogos dicen que las personas llevan un año de duelo luego de una pérdida. Nosotros hace 20 años esperamos el primer año de duelo". La falta de cuerpo, de certeza, de ceremonia fúnebre, genera una herida que no cicatriza.
Sin embargo, la ausencia física no implica ausencia total. Jorge Julio López sigue presente en los objetos cotidianos: sus herramientas, su bicicleta, el limonero que cuidaba con dedicación. "Él está en todo momento presente: cuando uso sus herramientas, su bicicleta, la carretilla, la pala, el limonero que cuidó tanto y se nos secó igual. Todo lo cotidiano que no le dábamos bola y hoy se extraña". Este testimonio sobre cómo la ausencia habita los espacios conocidos refleja una realidad que va más allá de las estadísticas de derechos humanos: el modo en que la represión daña a las familias, generación tras generación.
La memoria como resistencia y el peligro del olvido
Para Rubén López, mantener el caso vivo en la opinión pública no es un asunto personal. Su padre se ha convertido en símbolo de múltiples reclamos por justicia. Cuando Santiago Maldonado desapareció en 2017, López fue bandera en las marchas. Varias plazas de La Plata llevan su nombre, resultado de movilizaciones ciudadanas. "Cuando pasó lo de Santiago Maldonado mi viejo fue bandera en muchas de las marchas, también cuando han pasado otras situaciones similares". Esto otorga al caso una dimensión que trasciende la esfera individual: representa la continuidad de la represión, la persistencia de desapariciones en tiempos democráticos, la fragilidad del sistema de protección a testigos.
El pedido final de Rubén López sintetiza la urgencia de su mensaje: que la sociedad no permita que su padre desaparezca una tercera vez, ahora del registro colectivo. "Esto que hacemos hoy y en cada aniversario lo mantiene en la memoria. En algún momento, en un documental, una señora dijo: 'no permitan que López desaparezca por tercera vez'". La primera desaparición fue en 1976, durante la dictadura. La segunda, en 2006, cuando fue secuestrado nuevamente. La tercera sería la del olvido, la del silencio, cuando deje de hablarse de él. "Si sale de los medios, de las manifestaciones, de los reclamos, vuelve a desaparecer. No lo permitamos", cierra el mensaje con una urgencia que no ha disminuido con el paso de los años.
El caso de Jorge Julio López plantea interrogantes complejos sobre la arquitectura de la justicia transicional en democracias que lidian con legados represivos. ¿Cuál es la responsabilidad del Estado cuando un testigo desaparece precisamente por su participación en un juicio? ¿Cómo debe funcionarse la protección de testigos en causas por crímenes de lesa humanidad? ¿Qué mecanismos garantizan que la información no se pierda cuando los perpetradores fallecen? Algunas perspectivas enfatizan que la reapertura de causas dos décadas después de los hechos y la actual investigación de comunicaciones representan avances significativos. Otras subrayan que estos avances llegan demasiado tarde, cuando pistas valiosas se han perdido irreversiblemente. Lo que permanece claro es que, mientras López permanezca desaparecido, la pregunta sobre qué pasó seguirá siendo un interrogante abierto que desafía la capacidad del sistema de justicia para proteger a quienes se atreven a testificar contra el crimen de Estado.


