En los pasillos de la política argentina, mientras algunos actores mantienen un prudente silencio público, circulan documentos que revelan el estado real de la maquinaria productiva nacional. Uno de esos papeles llegó a manos de Sergio Massa esta semana y contiene cifras que permiten dimensionar el alcance de los cambios ocurridos en el tejido económico entre el primer semestre de 2023 y el mismo período de 2026. Los números son contundentes: la actividad fabril se contrajo, el empleo formal se erosionó, y provincias enteras vieron desaparecer miles de puestos de trabajo. El timing del documento no es casual: llega justo cuando se cumplen tres años desde que Massa abandonara la cartera de Economía, en un contexto donde la política argentina busca reconfigurarse de cara a los próximos comicios presidenciales.

El trabajo que analiza estos datos proviene de la Fundación Encuentro, una institución vinculada al Frente Renovador, la fuerza que Massa preside. Aunque el expresidente mantiene un perfil relativamente bajo en términos mediáticos, dedicándose a tareas de articulación dentro del peronismo y a tender puentes con potenciales aliados, este tipo de investigaciones económicas parecen ser su principal herramienta de incidencia política. La comparación que propone el documento es precisa: toma dos momentos idénticos en el calendario (primer semestre de cada año) pero separados por tres ejercicios económicos bajo gobiernos radicalmente distintos. Esto permite aislar las variables y observar tendencias sin el ruido de las variaciones estacionales que típicamente afectan la economía argentina.

El retroceso de la producción: magnitud y distribución sectorial

La industria manufacturera argentina retrocedió 12% en términos de su nivel de producción durante el lapso bajo análisis. Pero detrás de ese guarismo general se esconden realidades dispares según el tipo de actividad. De los 14 bloques sectoriales relevados, 13 experimentaron caídas. Los mayores desmoronamientos ocurrieron en industrias tradicionales: la rama textil se desplomó 34%, mientras que la producción de maquinaria y equipo retrocedió 33,4% y otros equipos especializados cayeron 30%. Estas cifras no son meramente estadísticas; representan fábricas que redujeron turnos, talleres que cerraron secciones completas, empresas que vendieron maquinaria o directamente abandonaron operaciones.

Un indicador particularmente revelador es la utilización de la capacidad instalada. En 2023, las plantas industriales operaban al 66,6% de su potencial productivo; para el primer semestre de 2026, ese porcentaje se había desmoronado a apenas 57,6%. Una caída de 9 puntos porcentuales traduce algo fundamental: existe exceso de infraestructura ociosa, máquinas que no trabajan, galpones vacíos. Este fenómeno tiene profundas implicaciones. Una industria que no utiliza su capacidad instalada es una industria que no invierte, que no expande, que vive en estado defensivo. Históricamente, cuando esta métrica cae por debajo del 70%, los empresarios comienzan a considerar cerrantes de plantas o venta de activos.

El colapso del empleo: geografía de la desocupación registrada

Si la producción se contrajo, el empleo formal no tuvo oportunidad de escapar al mismo destino. Entre diciembre de 2023 y mayo de 2026, el sector privado argentino perdió 274.600 puestos de trabajo registrado, bajando de 6.382.700 empleados a 6.108.100. Expresado en porcentaje, representa una caída de 4,3% en poco menos de dos años y medio. Detrás de esa cifra nacional existen historias regionales dramáticas. La provincia de Buenos Aires concentró la mayor pérdida en números absolutos: casi 101.000 empleos formales desaparecieron en ese territorio, que es la principal concentración industrial del país.

Pero el mapa de la destrucción de empleo muestra patrones aún más severos en otras jurisdicciones. Santa Cruz vio caer su empleo registrado 18,7% en el período; Tierra del Fuego perdió 17,4% de su ocupación formal, y Chubut experimentó una contracción de 14,6%. Estas provincias patagónicas, históricamente dependientes de sectores específicos como la energía, minería y manufactura, se vieron especialmente golpeadas. En contraposición, apenas cinco provincias lograron crecer en materia de empleo privado durante este período: Tucumán, Neuquén, La Rioja, San Juan y Río Negro. El resultado es una geografía económica desigual, con núcleos de crecimiento aislado rodeados de vastas regiones en contracción laboral.

Este fenómeno de destrucción masiva de empleo formal tiene consecuencias que van más allá de las estadísticas. Cuando desaparece un puesto registrado, generalmente se traslada hacia la informalidad o directamente hacia la desocupación. Los trabajadores pierden acceso a beneficios de seguridad social, cobertura de salud, aportes jubilatorios. Las municipalidades ven reducirse sus bases tributarias. Las familias enfrentan presión sobre sus ingresos, lo que típicamente genera caídas en el consumo y compresión de la demanda agregada, realimentando el ciclo recesivo.

Sectores conexos: construcción y comercio en picada

La construcción, que históricamente funciona como amortiguador de ciclos económicos en Argentina, registró un descenso del 13,4% en su nivel de actividad medido por el EMAE entre 2023 y 2026. Esto se refleja dramáticamente en el consumo de cemento, que se desplomó 24,2%. Cuando cae el despacho de cemento, caen también los minerales no metálicos asociados (que retrocedieron 25,7%), pero además queda evidencia de algo más profundo: paralización de obras, proyectos suspendidos, inversión pública y privada contenida.

El comercio minorista, eslabón fundamental de la cadena de valor en cualquier economía de consumo, retrocedió 5,6% en el período. Las ventas minoristas relevadas por organismos especializados cayeron 11,9%. Esta combinación de indicadores (ventas bajas, empleo bajando, producción bajando) ilustra una economía que se contrae por todos lados simultáneamente, sin válvulas de escape ni sectores dinámicos suficientes para compensar.

El documento que circula en círculos masistas dedica un apartado específico a aquellos sectores que sí mostraron crecimiento nominal durante estos tres años. El agro y la energía, principalmente Vaca Muerta en términos de hidrocarburos, registraron expansión. La intermediación financiera también creció, aunque por razones que el análisis identifica como estructurales del propio sistema financiero: tasas activas que alcanzaban 120% mientras las tasas pasivas rondaban apenas 22%, generando márgenes extraordinarios para el sistema bancario. Sin embargo, la advertencia contenida en el estudio es clara: ese crecimiento sectorial puntual no compensa ni remotamente el deterioro generalizado del resto de la economía. Un país que crece en finanzas mientras la industria se colapsa es un país que redistribuye renta hacia los tenedores de capital financiero, pero que no genera nuevas actividades productivas ni empleo neto.

Contexto político y económico de la comparación

Es relevante contextualizar el período que el estudio selecciona. El primer semestre de 2023 corresponde al final del mandato de Massa como ministro de Economía, un momento en el cual la Argentina ya enfrentaba inflación elevada, restricción de divisas y cierto grado de contracción económica post-pandemia. El primer semestre de 2026 corresponde a un gobierno que asumió con promesa de cambios estructurales profundos en materia de política monetaria, fiscal y regulatoria. En otras palabras: la comparación no mide una economía "en buen estado" versus "en malo estado", sino más bien dos momentos de dificultad relativa bajo lógicas de política económica distintas.

Massa, durante su gestión entre 2022 y 2023, implementó un programa de estabilización ortodoxo, con metas de déficit cero, restricción monetaria y acuerdos con el FMI. El gobierno que lo sucedió implementó un programa de shock fiscal y monetario aún más radical. La comparación que propone la Fundación Encuentro, implícitamente, argumenta que independientemente de cuál haya sido la ortodoxia elegida, los resultados industriales y de empleo fueron contrarios. Esto no necesariamente prueba un fracaso de una política versus otra, sino que sugiere que ambas enfrentaban restricciones macroeconómicas similares y que la economía argentina, bajo presiones inflacionarias y de balanza de pagos, tiende a contraerse cuando se aplican políticas restrictivas.

Implicancias presentes y prospectivas

La circulación de este documento en el entorno de Massa tiene varios significados posibles. Por un lado, funciona como insumo de campaña política, documentación que permite argumentar que la alternancia de gobiernos no ha mejorado la situación de la industria y el empleo. Por otro, puede interpretarse como un señal hacia posibles aliados: Massa y su entorno poseen análisis sobre la economía real, capacidad de interpelación sobre temas que preocupan a sectores productivos. En un contexto donde la coalición política argentina se encuentra fragmentada y donde cada sector busca diferenciarse, tener claridad diagnóstica sobre dónde están los problemas económicos es una ventaja política.

Mirando hacia adelante, las dinámicas reveladas por este estudio plantean interrogantes sobre la viabilidad de modelos de crecimiento que dependen de sectores muy específicos (agro, energía, finanzas) mientras la base industrial se erosiona. Históricamente, países que transitan fases de desindustrialización terminan enfrentando problemas estructurales: menor generación de valor agregado por trabajador, reducción de empleo calificado, pérdida de capacidades productivas que no se recuperan fácilmente, mayor dependencia de importaciones. Argentina ya ha vivido ciclos así en el pasado, particularmente durante la década de 1990 post-convertibilidad, cuando la apertura comercial y la apreciación del tipo de cambio aceleró la desindustrialización de las provincias del interior.

La pregunta que emerge de estos datos es si la Argentina está en un ciclo transitorio de contracción que eventualmente será revertido, o si está ingresando en un proceso de reconfiguración estructural donde la industria pierde centralidad en la economía. Los indicadores de capacidad instalada (57,6%) sugieren que hay margen para recuperación si la demanda se reactiva. Sin embargo, una industria que durante tres años consecutivos operó muy por debajo de su potencial tiende a perder competitividad internacional, a ver emigrar trabajadores calificados hacia otros sectores o países, y a ver obsolescencia de equipamiento. La ventana para reversión no es infinita. Gobiernos, sectores empresariales y actores políticos enfrentan decisiones sobre qué modelo de economía desean construir. Los números que circulan en los escritorios del peronismo masista son, en ese sentido, más que un insumo electoral: son un espejo de opciones que se cierran mientras pasa el tiempo.