Mientras el país debatía sobre quién controlaría una de las arterias comerciales más importantes del continente durante los próximos veinticinco años, la Casa Rosada enfrentaba un dilema que la ha ido desgastando a ritmo constante durante las últimas semanas: cómo reinsertarse en la rutina de actos públicos sin que éstos terminen sepultados por los escombros de una crisis reputacional que crece cada día. El escenario fue el Parque Solar El Quemado, a casi ochocientos kilómetros de Buenos Aires, donde se inauguró el primer proyecto del Régimen de Incentivo a la Inversión en Grandes Emprendimientos. Pero mientras eso ocurría en Mendoza, miles de kilómetros al norte, en el corazón del poder político estadounidense, se desenvolvía una negociación que podría redefinir aspectos fundamentales de la relación bilateral y la proyección geopolítica de Argentina en los próximos años.

La escena que se vivió en territorio mendocino fue, ante todo, un retrato de la fragilidad. Manuel Adorni, quien hace más de dos meses que no encabezaba un acto público sin el escudo protector del Presidente, la hermana presidencial o ministros de peso, descendió de una camioneta compartida junto al gobernador Alfredo Cornejo, el presidente de YPF Horacio Marín y dos funcionarias de nivel técnico. Durante el trayecto de casi una hora desde la capital mendocina, nadie pronunció una palabra sobre su situación legal y patrimonial. No hizo falta. La tensión flotaba en el aire, visible en cada movimiento. Una vez en el lugar, el Jefe de Gabinete se desplegó en una burbuja hermética, alejado de los periodistas, de los ciudadanos, de la prensa que cubría lo que debería haber sido una jornada de celebración para la provincia y el gobierno nacional. Habló brevemente y se retiró sin acercarse un milímetro a los reporteros que estaban allí.

La hidrovía como epicentro de una batalla silenciosa

A esa misma hora, Santiago Caputo y Manuel Vidal se encontraban en el Capitolio con Brian Mast, presidente del comité de Asuntos Exteriores y figura destacada de la tendencia trumpista dentro del Congreso estadounidense. El encuentro no fue casual ni improvisado. Caputo, quien ya ha construido un canal paralelo de diplomacia que lo diferencia de otros miembros del gabinete y que genera rozamientos internos palpables, llegaba a Washington con una agenda muy específica. El nombre clave en esa conversación fue la Hidrovía Paraná-Paraguay, una de las obras de infraestructura crítica que atraviesa el corazón de América del Sur y que, en su tramo argentino, representa una fracción significativa de ese corredor de navegación de más de tres mil cuatrocientos kilómetros.

Lo que está en juego va más allá de cifras de comercio, aunque éstas sean monumentales. De los mil seiscientos kilómetros que la Hidrovía recorre en territorio argentino, circula prácticamente la totalidad de la producción agroindustrial del país, sumada a la de Paraguay. La licitación que definiría quién administrará esta vía durante veinticinco años estaba entrando en su fase definitoria. Tres actores competían por hacerse con el control: Jan de Nul, la empresa belga de alcance global; un consorcio argentino que involucra a la familia Román; y una alianza que agrupa a Deme con dos compañías estadounidenses. El tercer sobre de oferta, el económico, se abriría días después. Fue precisamente esto lo que Caputo y Vidal discutieron con Michael Jensen, asesor para Hemisferio Occidental del presidente Trump, además de conversaciones sobre minerales, energía y telecomunicaciones. Un funcionario de Caputo tiene directa responsabilidad en esta licitación, que fue anulada en los inicios de la administración tras denuncias y posteriormente relanzada. La decisión sobre quién administrará la Hidrovía no es una cuestión técnica o administrativa. Es una definición geopolítica que impactará en la estructura del comercio regional durante un cuarto de siglo.

La inflación rompe una curva, pero no genera alivio

De regreso en Buenos Aires, la obsesión presidencial se concentraba en un número: el índice de inflación de abril. Por primera vez en diez meses, la curva ascendente de precios registraba un descenso, retrocediendo a niveles vistos en noviembre. Era noticia de alivio, o al menos debería serlo. Sin embargo, cuando se observa el acumulado desde el comienzo del año, la cifra ya ha superado lo que el presupuesto nacional proyectaba para todo 2026. El Presidente dedicó dos horas y media de su tiempo a un programa transmitido desde Neura, intentando reposicionar el relato sobre los sacrificios económicos. Afirmó que él mismo es quien peor sale en términos de ingresos en el país, que no se ha ajustado sus propios recursos, que los no registrados son quienes padecen las consecuencias más severas. Reconoció, sin embargo, que los salarios reales están perdiendo terreno frente al crecimiento de precios, que esa "sensación de frustración" existe y es comprensible.

El discurso intentaba transmitir que se trata de un estado transitorio, una etapa que está terminando, que la economía empieza a girar hacia territorio positivo. Pero los hechos cotidianos parecen contar una historia diferente. El Hot Sale, ese evento anual de compras con descuentos que funciona como termómetro fidedigno del consumo en Argentina, arrojó números inquietantes durante sus últimos días. Una de las cadenas más grandes de venta de tecnología y electrodomésticos reportó un desplome del sesenta por ciento en cantidad de unidades vendidas el primer día en comparación con el año anterior. Hacia el cuarto día, esa caída había trepado al ochenta por ciento. La Cámara Argentina de Comercio Electrónico comunicó un dato revelador: el sesenta por ciento de quienes consultaban buscaban información sobre planes de financiación en cuotas, mientras que apenas un veinte por ciento se interesaba por descuentos puntuales. Los televisores fueron la excepción notoria, impulsados por el próximo Mundial de fútbol a tres semanas de distancia. Productos de consumo no esencial como equipos de audio o monitores prácticamente desaparecieron de las búsquedas.

La guerra silenciosa por la inteligencia y el control político

En el plano de la arquitectura del poder, la ausencia de Caputo en la reunión de la mesa política celebrada en Casa Rosada no pasó desapercibida. Algunos especularon sobre internas, pero la realidad era más funcional: el asesor estaba en vuelo hacia Estados Unidos cuando se reunían sus pares en la capital. Esta fricción entre Caputo y la hermana presidencial, Karina Milei, se manifiesta en múltiples dimensiones, pero una de las más significativas es el control de la estructura de inteligencia. Caputo maneja la SIDE a través de un funcionario cercano a él. Aunque Karina Milei mostró disposición en algún momento para arrebatarle esa área de influencia, la batalla se ha convertido en una guerra de guerrillas sin un final claro a la vista. Esta semana, la hermana presidencial logró consolidar a Sebastián Pareja al frente de la comisión Bicameral de seguimiento de tareas de inteligencia, un movimiento que redistribuye poder pero no resuelve la pugna de fondo.

Otros encuentros de Caputo en Washington permanecen en la penumbra. Circulan reportes, aunque sin confirmación oficial, sobre una posible visita a la base de la CIA en Langley, Virginia. Si esa información fuera cierta, amplificaría aún más la dimensión de las conversaciones y contactos que está fortaleciendo en el establishment estadounidense. El lobbista Barry Bennett, pieza clave en la construcción del canal de diplomacia paralela que caracteriza al asesor, estuvo presente en los encuentros del Capitolio y el Departamento de Estado, actuando como facilitador de un diálogo que ya ha generado conexiones duraderas, particularmente con Brian Mast, con quien quedó establecida una promesa de futuro colaborativo.

El cuadro que emerge de estos días es complejo y multidimensional. Por un lado, una administración que busca recuperar normalidad en su actividad protocolar pero que encuentra que cada acto público es capturado y subordinado a crisis de reputación que no ceden. Por otro, la fractura visible entre figuras de primer nivel del gobierno —Caputo y Karina Milei— que compiten por espacios de influencia en temas de inteligencia y diplomacia mientras construyen agendas parcialmente divergentes. Mientras tanto, las negociaciones sobre infraestructura crítica avanzan en Washington con una intensidad que contrasta con la parálisis relativa que caracteriza a la política doméstica. Y en las calles y en las plataformas de comercio electrónico, los argentinos continúan ajustándose a una realidad económica donde los precios ceden levemente en su ritmo de crecimiento pero donde el poder de compra sigue erosionándose, generando una brecha entre los datos oficiales de inflación y la experiencia cotidiana de consumo que permanece como una de las vulnerabilidades más palpables del gobierno.

Las consecuencias de este entramado de tensiones, negociaciones y crisis tendrán manifestaciones que se desplegarán en múltiples direcciones. La definición sobre la Hidrovía impactará en la estructura de poder regional y en los flujos comerciales durante décadas. La resolución de la crisis de Adorni —cuando finalmente presente su justificación patrimonial— podría redefinir la confiabilidad institucional o consolidar la percepción de que ciertos personajes operan bajo reglas distintas. El pulso entre Caputo y Karina Milei por el control de áreas estratégicas como inteligencia seguirá marcando la dinámica interna del gobierno, potencialmente derivando en cambios de personal o reconfiguración de responsabilidades. Y la recuperación económica, si efectivamente ocurre, deberá manifestarse en indicadores de consumo reales que demuestren que el ciclo negativo se ha revertido genuinamente, no apenas en mediciones estadísticas que la ciudadanía no percibe en su cotidianidad.