La provincia de Buenos Aires pierde esta semana a uno de sus últimos referentes de la prensa local de alcance territorial. Néstor Santos, quien condujo durante más de sesenta años al diario La Calle, cierra una etapa que representa un modelo de gestión editorial casi desaparecido en la Argentina contemporánea. Su partida marca el fin de una era donde los periódicos de proximidad funcionaban como correa de transmisión entre las instituciones públicas y los ciudadanos, en una zona que históricamente concentró fuerte actividad industrial y política. Que un solo hombre dirigiera la misma publicación durante semejante lapso de tiempo no es un dato menor: habla de una continuidad editorial raramente vista hoy, cuando los medios sufren transformaciones tecnológicas aceleradas y cambios de propiedad cada pocos años.
Los números contextualizan la magnitud del compromiso. Santos asumió la dirección en 1958, cuando apenas rondaba los veinte años de edad, heredando una responsabilidad que su padre, Adrián Alicio Santos, había iniciado apenas una década antes. El fundador de La Calle había lanzado el proyecto el 20 de diciembre de 1946, justo cuando la Argentina atravesaba uno de sus períodos más convulsionados: el peronismo transformaba el mapa político nacional, las instituciones democráticas se tambalenaban, y en el resto del mundo la Guerra Fría comenzaba a definir nuevas líneas de división. Fundar un periódico en semejante coyuntura no era una decisión menor; representaba una apuesta a que la información local, la documentación rigurosa de los hechos, y la reflexión crítica tenían valor y demanda. El hijo recibió ese legado cuando apenas salía de la adolescencia, a una edad en que muchos todavía dudaban de qué carrera seguir.
Un espacio ganado entre fuerzas políticas enfrentadas
Avellaneda en los años cincuenta no era un terreno virgen para la prensa. El diario debía navegar en un ecosistema periodístico densamente poblado y fuertemente polarizado. La Opinión, vinculado al dirigente conservador Alberto Barceló, representaba una línea editorial identificada con los sectores tradicionales. Por otro lado, Libertad, que respondía al radicalismo a través de Fabián Onzari, expresaba la postura de la Unión Cívica Radical. Entre estos dos polos, cada uno con su base de lectores y su posicionamiento en la vida cívica del municipio, Santos tenía que abrir camino. No era cuestión de adoptar la línea de uno u otro, sino de encontrar un espacio propio que le permitiera servir a lectores que buscaban información sin necesidad de asumir automáticamente la identidad política de una publicación. Ese ejercicio de equilibrio, de mantener independencia editorial en un contexto de divisiones agudas, fue probablemente la primera lección profesional que Santos aprendió en la década en que tomó las riendas de La Calle.
La estrategia funcionó. La publicación creció en influencia y relevancia, ganando lectores precisamente por su capacidad de hablar sobre los temas que preocupaban a la comunidad sin subordinarse completamente a una agenda partidaria. En décadas posteriores, durante los períodos más oscuros de la historia argentina —golpes de Estado, represión, restricciones a la libertad de prensa—, el diario se convirtió en un espacio donde la voz de los vecinos podía encontrar expresión. La sección "Ha trascendido", alimentada por información surgida de conversaciones reservadas entre periodistas y fuentes, se transformó en una marca registrada de La Calle. No era un ejercicio de amarillismo vulgar; era la traducción local de una práctica periodística clásica: recopilar aquello que circula en los pasillos de poder, en las reuniones municipales, en las organizaciones vecinales, y ofrecerlo al público con la debida contextualización. Esa sección reflejaba una filosofía editorial: la importancia de documentar lo que sucede en los márgenes, aquello que no aparece en los comunicados oficiales.
Seis décadas tejiendo la identidad de un territorio
Lo que distingue a Santos de otros editores contemporáneos fue su capacidad para renovarse sin perder identidad. Creó nuevas secciones, incorporó formatos distintos de cobertura, y adaptó la presentación del diario a los cambios en los gustos lectores, todo ello manteniendo un hilo conductor que sus lectores reconocían y valoraban. Cuando el diario cumplió ochenta años —cifra que alcanzará en diciembre próximo—, se habrá extendido durante más de tres cuartos de siglo. Durante la mayoría de esa existencia, la misma persona estuvo al frente. Eso permitió que La Calle funcionara como un archivo vivo de la memoria local. Mientras que muchos diarios argentinos desaparecieron, se fusionaron, fueron comprados y modificados, La Calle mantuvo una presencia constante en las vidas de los avellanedenses y lanusenses. Documentó gobiernos, conflictos sindicales, transformaciones urbanas, luchas sociales, y momentos de estabilidad institucional. Fue testigo de cómo el territorio cambió, de cómo se industrializó, cómo decayó la industria, cómo surgieron nuevos actores políticos y sociales. Esa capacidad de estar presente en el largo plazo, de ser una referencia constante en momentos de turbulencia, otorga al trabajo de Santos una dimensión que trasciende lo puramente empresarial.
Su compromiso con los principios fundamentales del oficio quedó registrado en su participación activa en organismos de defensa de la libertad de prensa. La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) fue un espacio donde Santos no fue simplemente un miembro pasivo; se sentía identificado con la misión institucional de defender la libertad de expresión, especialmente en contextos donde esa libertad se veía amenazada. También presidió el Círculo de la Prensa de Avellaneda y Lanús, lo que indica que su liderazgo se extendía más allá de la dirección de su propio medio. Era reconocido como par por otros periodistas, como alguien cuya trayectoria servía de referencia. En momentos donde la presión sobre la prensa adoptó formas diversas —censura directa en épocas de dictadura, presiones económicas en tiempos de crisis, cambios tecnológicos que desplazaron a periódicos enteros—, Santos mantuvo la convicción de que la prensa local tenía una función irreemplazable: la de conectar a la comunidad con información verificada, con espacios de opinión responsable, con reflexión sobre los asuntos que afectaban la vida cotidiana.
Las repercusiones públicas de su muerte reflejan el reconocimiento que había ganado. Instituciones educativas como la Universidad Nacional de Avellaneda (Undav), cuyo rector Jorge Calzoni expresó el pesar institucional, consideraban a Santos un interlocutor válido, una voz digna de escuchar. Dirigentes políticos que actuaron en la región, como la exdiputada nacional Mónica Litza, lo caracterizaron con términos que revelan cómo era percibido: observador agudo, periodista sagaz, capaz de cuestionar el poder de manera impertinente pero responsable, desafiante sin caer en la irresponsabilidad. Esa combinación de cualidades —rigor informativo, independencia editorial, disposición a cuestionar autoridades, pero siempre con argumentos verificables— es lo que los sectores progresistas valoraban en su gestión. Para otros, probablemente, el diario representaba la voz de una comunidad que merecía ser escuchada en sus propias palabras, sin intermediarios que distorsionaran su mensaje.
La desaparición de Santos cierra un capítulo de una historia que seguirá escribiéndose de otras maneras. La Calle continúa existiendo como publicación, pero la conducción de un medio durante más de sesenta años por una sola persona es un fenómeno que probablemente no se repetirá en las formas que adoptó con él. Los modelos de negocio de la prensa local se han transformado radicalmente. Las redacciones que en los años sesenta, setenta y ochenta ocupaban varios pisos de edificios ahora caben en oficinas pequeñas. La publicidad clasificada, que alguna vez fue la fuente de ingresos más estable de los periódicos locales, migró hacia plataformas digitales hace ya casi dos décadas. La distribución física de ejemplares, que requería logística compleja, cambió con la digitalización. En ese contexto de transformaciones profundas, el proyecto editorial de continuidad y permanencia que encarnaba Santos aparece como algo casi arqueológico: un modelo que habla de otras épocas, otras estructuras, otra relación entre medio y comunidad. Su legado, en ese sentido, no es solo informativo sino también histórico: da testimonio de cómo funcionaba el tejido comunicacional de la Argentina en territorios específicos, durante décadas particulares, con herramientas que hoy son mayormente obsoletas.
Lo que suceda con La Calle en los próximos meses y años será indicativo de tendencias más amplias en la prensa local argentina. ¿Encontrará nuevas formas de sustentabilidad en el ecosistema digital? ¿Será adquirido por grupos mediáticos más grandes que lo incorporen como una sección de sus operaciones? ¿Buscará sus lectores mantenerlo como un proyecto independiente, asumiendo los costos que implica? Cada uno de estos escenarios representa perspectivas diferentes sobre el valor que la comunidad asigna a la información local, sobre la capacidad de la prensa territorial de adaptarse a transformaciones tecnológicas, y sobre las responsabilidades que asume una sociedad cuando sus medios de comunicación enfrentan crisis de sustentabilidad. La muerte de Néstor Santos no resuelve estas preguntas, pero las vuelve más urgentes y visibles.



