La muerte de Augusto César Belluscio a los 96 años marca el cierre de un capítulo fundamental en la historia judicial argentina contemporánea. No se trata apenas del fallecimiento de un personaje público más, sino de la desaparición de alguien que encarnó durante décadas una particular forma de entender la magistratura: la de un jurista dispuesto a pensarse a sí mismo críticamente, incluso cuando eso significaba cuestionar decisiones propias que lo beneficiaban personalmente. En un país donde la Justicia ha sido frecuentemente territorio de disputas políticas y acomodamientos, Belluscio representó un tipo de intelectual del derecho que priorizaba la coherencia ética por sobre los intereses particulares.
Nacido el 10 de junio de 1930, Belluscio construyó su formación en tiempos donde el sistema educativo argentino aún mantenía ciertas características de rigor que marcarían toda su trayectoria. Se licenció como abogado en la Universidad de Buenos Aires durante 1955, un año particularmente convulso en la política nacional, y completó su doctorado en 1960. Su ingreso al mundo de la magistratura no fue espectacular sino metódico: comenzó en 1957 como secretario de un juzgado civil nacional, posición que le permitió conocer los engranajes internos del sistema desde abajo, una experiencia que muchos juristas de carrera nunca llegan a tener.
Del ascenso gradual a la cúspide del poder judicial
Lo que distinguió el recorrido de Belluscio fue su capacidad de avanzar a través de las distintas instancias del poder judicial sin sacrificar su independencia intelectual. Ocho años después de su primer cargo, en 1965, fue designado juez nacional en lo Civil y Comercial Federal, posición que le permitió resolver cuestiones de envergadura económica y civil. Casi una década más tarde, en 1974, llegó a la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil, donde tendría la oportunidad de revisar decisiones de otros magistrados y desarrollar su pensamiento jurisprudencial con mayor amplitud. Su ascenso a la Corte Suprema en 1983, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y en el contexto de la recuperación democrática, no fue casualidad sino el reconocimiento de su trayectoria como pensador del derecho con una perspectiva independiente.
Durante los años noventa, particularmente bajo la presidencia de Carlos Menem, Belluscio se posicionó junto a otros magistrados como Enrique Petracchi y ocasionalmente Carlos Fayt en una posición que se diferenciaba de lo que los analistas llamaban la "mayoría automática" del tribunal. Esta denominación no era menor: reflejaba la percepción de que ciertos magistrados votaban de manera predecible según los intereses del poder ejecutivo de turno. En este contexto de tensiones institucionales, Belluscio y sus colegas afines buscaban mantener espacios de autonomía decisional. Uno de sus fallos más significativos ocurrió en 1999, cuando la Corte —con su voto— declaró inaplicable para el juez Fayt el límite de edad de 75 años que había sido incorporado en la reforma constitucional de 1994. Una decisión que abría interrogantes sobre cómo interpretar las normas constitucionales en relación a la continuidad de los magistrados.
El gesto que definió su ética personal
Lo que verdaderamente distingue a Belluscio en el panorama de figuras públicas argentinas fue su comportamiento años después, cuando se aproximaba a la misma edad límite que él mismo había contribuido a relativizar. En lugar de ampararse en el criterio jurisprudencial que había ayudado a construir, decidió renunciar. Su renuncia no fue un trámite silencioso: la explicó públicamente argumentando que no le parecía ético beneficiarse de un estándar que él mismo había contribuido a establecer. Esta posición generó una suerte de paradoja interesante: su propio fallo le daba derecho a permanecer, pero su conciencia no se lo permitía. La dimisión fue aceptada por el Poder Ejecutivo y se hizo efectiva el 1° de septiembre de 2005, momento en que Belluscio dejaba voluntariamente el máximo tribunal después de 22 años de integración.
En esos últimos años en la Corte, Belluscio también formó parte de otra decisión histórica de relevancia considerable: la pesificación de los depósitos bancarios en 2004, que convalidó administrativamente una medida que modificó sustancialmente las relaciones entre el Estado, los bancos y los depositantes tras la crisis de 2001. Esta fue una de las resoluciones que delineó el rumbo económico durante la salida de la crisis, ilustrando nuevamente cómo la trayectoria de Belluscio estuvo cruzada por decisiones que moldearon aspectos centrales de la república.
La otra vida: el pensador y el docente
Paralela a su carrera en la magistratura, Belluscio desarrolló una actividad académica de envergadura comparable. Fue profesor de Derecho Civil en la Universidad de Buenos Aires durante varias décadas, período en el cual formó a generaciones de abogados y transmitió su particular forma de aproximarse a los problemas jurídicos. Su producción bibliográfica fue prolífica y especializada: escribió trabajos fundamentales en Derecho de Familia y Sucesiones, disciplinas donde desarrolló pensamiento innovador para su época. Entre sus obras se encuentran títulos como Manual de Derecho de Familia, Derecho de Familia y Vocación sucesoria, sus fuentes en la reforma del Código Civil. Además, dirigió una extensa edición comentada y concordada del Código Civil y sus leyes complementarias, trabajo que requiere no solo conocimiento técnico profundo sino también capacidad de síntesis y claridad expositiva.
Después de abandonar el tribunal, Belluscio mantuvo su vinculación con el mundo académico y jurídico, demostrando que su identidad como intelectual trascendía largamente su rol como magistrado. Esta característica lo diferenciaba de muchos otros jueces que, una vez jubilados, se retiraban del espacio público. En el caso de Belluscio, su pensamiento continuó circulando a través de sus textos, sus estudiantes y su participación en debates doctrinarios. Su fallecimiento cierra así una trayectoria que abarcó prácticamente toda la historia de la Argentina contemporánea: desde los últimos años del peronismo clásico hasta bien entrada la década del dos mil.
La desaparición de figuras como Belluscio plantea interrogantes sobre el futuro del pensamiento jurídico en Argentina y sobre qué tipo de magistrados y académicos se está formando en la actualidad. Su legado incluye no solo decisiones judiciales y publicaciones sino también un modelo de comportamiento ético que priorizaba la coherencia incluso cuando contradecía los intereses personales. En un contexto donde las instituciones argentinas enfrentan permanentes cuestionamientos sobre su independencia y su capacidad de servir al interés público, la figura de un jurista que voluntariamente abandonó el poder cuando su conciencia se lo indicó cobra dimensiones simbólicas que trascienden lo meramente biográfico. La pregunta abierta es si esa tradición de magistrados reflexivos y autocríticos encuentra continuadores en las nuevas generaciones de jueces, o si las dinámicas políticas y económicas del presente tienden a erosionar ese tipo de independencia intelectual que Belluscio representó durante casi medio siglo en la vida institucional nacional.



