El acto de comparecer ante un tribunal para declarar en una causa de envergadura nacional conlleva tensiones que trascienden lo meramente procesal. Esta mañana, en el Tribunal Oral Federal N° 7, una de esas tensiones se manifestó de manera tangible cuando Hilda Horovitz, exesposa de Óscar Centeno, debió ser asistida médicamente durante su testimonio. La interrupción, motivada por una descompensación física, puso pausa a un relato que venía proporcionando detalles sustanciales sobre los documentos que hace años encendieron la mecha investigativa en torno a presunta corrupción de funcionarios públicos.
Lo que resultaba particularmente relevante del testimonio antes de que se viera truncado fue la confirmación que Horovitz proporcionó respecto a esos cuadernos ahora célebres. Durante su comparecencia, la mujer ratificó haber tenido contacto visual con los registros manuscritos que su entonces pareja custodiaba. Según su relato, estos documentos hallados dentro de un mueble dormitorio constituían un archivo integral: contenían desde los cuadernos mismos hasta libretas, carpetas relacionadas con vehículos, bienes raíces y otras posesiones. El descubrimiento de estos escritos representó un quiebre en la investigación de prácticas presuntamente ilícitas que involucraban a funcionarios del Estado, dando origen a lo que posteriormente se conocería como la causa Cuadernos, que ha mantenido a la justicia ocupada durante años.
El testimonio sobre el rol de testaferro
Un aspecto central del relato de Horovitz giró en torno a acusaciones de que su exmarido la utilizó en distintas ocasiones en calidad de testaferro. Con una frase cargada de significado, la declarante expresó: "Él me usó a mí". Esta afirmación cobra especial importancia en contextos donde se investiga la acumulación de bienes, la titularidad de propiedades y la estructuración de patrimonio a través de terceros. La práctica de usar a familiares o allegados como testaferros —es decir, como titulares aparentes de bienes o transacciones financieras mientras el beneficiario real permanece en la sombra— constituye una metodología frecuente en investigaciones de corrupción y lavado de activos.
Respecto a su conocimiento de los cuadernos, Horovitz describió cómo accedió a ellos: los encontró guardados en el armario de la habitación donde dormía. Su testimonio sugiere que realizó una inspección superficial del contenido, "como que abría las hojas, pasándolas", aunque aclaró no haber realizado una lectura profunda de los registros. Esta distinción resulta relevante desde el punto de vista legal y fáctico, ya que plantea interrogantes sobre qué información poseía acerca del alcance real de lo que Centeno documentaba. Los cuadernos, una vez que llegaron a conocimiento de la justicia, se convirtieron en el puntal probatorio que permitió desplegar investigaciones extensas sobre una red que involucraba supuestamente a múltiples funcionarios públicos en prácticas de corrupción.
El colapso en la sala y sus implicancias procedimentales
Cuando Horovitz continuaba con su exposición de hechos, su estado físico se deterioró. La descompensación que experimentó requirió intervención y obligó a los jueces a tomar la decisión de suspender su declaración. En procedimientos de esta naturaleza, donde los testimonios constituyen pilares de la construcción de la verdad procesal, los imprevistos de orden médico plantean dilemas complejos. Por un lado, la salud e integridad del declarante no puede ser sacrificada en aras de avanzar con el proceso. Por otro, las interrupciones pueden afectar la continuidad de los relatos, la coherencia de las preguntas defensivas y la dinámica general del debate probatorio.
La causa Cuadernos ha transitado una trayectoria judicial extendida desde que los documentos manuscritos salieron a la luz pública años atrás. Las investigaciones que se desprendieron de estos hallazgos alcanzaron a decenas de personas, desde funcionarios hasta empresarios, generando una multiplicidad de expedientes, sentencias y recursos. El rol de los testimonios, especialmente aquellos provenientes de personas cercanas a los investigados, se revela como fundamental para completar el cuadro de hechos que los tribunales deben reconstruir. El testimonio de expareja de Centeno, en particular, ofrecía una perspectiva íntima sobre cómo operaban los mecanismos de documentación y ocultamiento de información dentro del círculo más privado.
Las consecuencias de esta interrupción se proyectan hacia múltiples direcciones. Los jueces deberán fijar una nueva fecha para que Horovitz complete su declaración, lo que implica una postergación en la agenda del tribunal. Los abogados defensores y acusadores quedarán pendientes de retomar sus estrategias interrogativas. Y desde una perspectiva más amplia, cada postergación en causas de esta magnitud contribuye a los tiempos procesales ya dilatados que caracterizan al sistema de justicia penal. Sin embargo, también es cierto que permitir que un testigo continúe bajo presión física podría comprometer la confiabilidad del relato. El equilibrio entre celeridad y garantías procedimentales permanece como una tensión permanente en los tribunales orales federales, donde se dirimen cuestiones de relevancia institucional y social considerable.



